Argentina

El rayo verde
                             Alejandro Margulis



Recién al noveno día
pasadas las cuatro de la tarde
bajo el sabio lindo dulce suave influjo
de Blaise Cendars
pude sentarme a escribir
completamente entregado
a las brisas del paisaje.
Recién al noveno día
sentí que las cosas sucedidas
entre tu cuerpo y el mío
se incorporaban al recuerdo
con la solidez de un desayuno:
bananas melón sandía y para colmo
café con leche
poniendo en serio riesgo la memoria
de mi duodeno.
Recién al noveno día
pude dejar afuera de la mente
algunas obsesiones
-desde Buenos Aires a Bahía hay
suficientes kilómetros para olvidar.
Recién al noveno día
los senos que estuve acariciando
infructuosamente
las largas quejas falsas bondades
prometidas
por aquellos ojos de esmeralda,
y mis dedos moviéndose en tu boca
y mis labios escogiendo las palabras
emboscadas tontas roncas
de deseo.
Recién al noveno día
(con mi esposa al lado
demasiado
sensatamente desnuda
o casi
sobre la arena)
tuve capacidad para pensar en otras cosas
menos documentales.
Recién al noveno día
el sol de esa playa en la nariz
los negros las negras el agua mineral
interminable a la distancia bailando capoeira
mientras nosotros (los de ayer)
esperábamos ver el rayo verde
en el horizonte.
Recién al noveno día
entendí que la maravilla no era atisbar la aparición
allá a lo lejos sino acá enfrente
a pocos metros
junto a los niños que admiraban
(o tal vez no era admiración sino razonable envidia)
la felicidad la velocidad la tristeza
del meteoro.
Recién al noveno día
volví a ver los cuerpos nuestros como los de esos negros esas negras
abrazándose en las esquinas o a mitad de las manzanas
¡de una forma!
que las manos de ellas en las nalgas
de ellos se apoyaban
con la exacta ajena baja intensidad
de un adjetivo.
Recién al noveno día
fui capaz de reabrir este cuaderno y responder
aquel axioma del poeta
-sólo se pierde, me dijiste
en las postrimerías de la plaza,
lo que nunca se ha tenido.

Cómo quisiera que esta noche
tu mirada verde se acordara
nuevamente de buscarme
como me buscó esa tarde
inolvidable única certera agitada
demostrando la inutilidad del aire acondicionado
las persianas los espejos
en aquel cuarto de hotel.




Otros reinos

                             Alejandro Margulis

 

          Fuistes vos la chica que vivía con un capullo de seda entre las piernas, fuiste la chica que hubiera querido conocer el grasa de Subiela y quién sabe también Kusturica: una chica irremediablemente sensible, con olor a uva chinche y a otra cosa que recién después supe bien lo qué era, pero tan fuerte que me descontrolaba. Pero resultó que tu capullo tenía, ay, voluntad de mariposa: la dulzura que entre tus piernas había tuvo desde el comienzo, ay, voluntad de mariposa. Un poco te mortificabas con esto, un poco creías que era un defecto tuyo de carácter, más bueno por viejo que por bienaventurado. Lo que quiero escribir para el mundo ahora es cómo fue que eso tuyo tan suave, aromático como una madera nueva, dejó de hipotecarse en el reino de los vegetales para pasar a formar parte, bueno, del de las especies volátiles, por no decir pedestremente: de las que vuelan. Lo que pasó puede resumirse en pocas líneas: cuando te conocí no habías leído a Girondo y por suerte tampoco a Neruda, o tal vez sí, y te lo tuviste callado mucho tiempo, arruinándote la cabeza con mitologías ajenas; quiero decir que cuando un hombre te dijo por primera vez que para ser amadas las mujeres tenían que saber volar vos te hiciste cargo del estigma alegremente, y de nada te sirvió neutralizar el lugar común poniendo la ironía entre paréntesis.
          Pero no fue así.
          Oh, no.
          No exactamente.
          Soy perezoso.
          Tengo que decirlo mejor.
          La chica que vos eras tuvo un día sin mí la idea de saltar hacia afuera de la cama (y después otra vez para adentro, y para afuera de nuevo) y los resortes hicieron tanto escándalo que una vecina empezó a los gritos, pese a que ya nos tenía un poco acomplejados con los suyos, y asomando la cabezota en el hueco de aire luz reclamó que paráramos de hacer esa clase de barullo. La chica que vos eras le gritó a la vecina entonces estoy muy ocupada descolgando algo; y cuando la vecina elevó una queja formal a la administración del consorcio primero te mataste de risa y después, un poco quizás por la emoción del momento, volviste a fermentar definitivamente ese licor enloquecido y rico, por qué no darte la razón de una vez por todas, que olía no a rosas ni a cedro sino a uvas y a hormonas (y perdone el lector que no sea ella si esta breve historia le ha dado deseos repentinos de ir a descolgar una cosa al cuarto, o tal vez a la bodega).


Sedas chinas
                             Alejandro Margulis

 

          No sé de qué modo hacen la seda los chinos. No sé si los capullos son artificiales o no. Imagino, porque alguna vez he visto fotos o dibujos, que las grandes ruecas que existen en lugares lejanísimos hilan los filamentos más delicados del mundo a partir de una fibra natural, pero no podría describir exactamente el método de producción. No importa. Lo que importa es que la imagen sea funcional para hablar de una mujer como vos, una mujer del tipo de mujeres inolvidables, feliz vos con tus felicidades, felices aquellos que te conocieron. El caso es que siempre fuiste como esos capullos de seda. De tu interior podía surgir una fibra exquisita o nada, según la habilidad de quien la hilarla. Cuando ponías tu imagen a disposición de las artes visuales (pintores, fotógrafos y cineastas padecían predilección por tu rostro de rasgos angulosos, alternativamente crudo o refinado, según la iluminación de tu temperamento) el resultado no tardaba en sorprender. No conozco un solo artista que haya escapado al encanto de tu cara. Yo mismo caí preso de la ilusión durante muchos años: llegué a enamorarme de tus fotos antes que de vos, como si el aura que desprendías fuese tan fuerte que sólo se dejaba absorver mediatizada. Es que no me era fácil capturarte. Esquiva, celosa de tu personalidad y tus tesoros, fingías ser una más de la multitud de mujeres con las que yo elucubraba futuros de transfiguración o fracaso. Era la misma estrategia con que recorrías la cotidianeidad: verte en el almacén o en la plaza era ver a una más de la multitud. Tu facultad sin duda tenía algo camaleónico (muchas veces conversamos el punto) y así me encontré caminando junto a una china cuando estaba con vos en el Barrio Chino, así estuve con una neoyorquina de pura cepa cuando fuimos junos a la Gran Manzana. Solamente te volvías individual cuando sacudías la ilusión de vivir en una obra de arte. Entonces sobresalías de entre tus pares por vos misma. Con el proyecto artístico te transformabas hasta hacerlo crecer como una entidad nueva, imposible de reproducir industrialmente. Y tal vez esta cualidad -que para algún imbécil resultó "demasiado personal"- haya sido mi principal enemiga.
          No puedo ser objetivo ni quiero serlo. Es claro que me enamoré en cuanto te vi. En aquel entonces ni vos ni yo sabíamos que el futuro habría de hacernos trabajar juntos, como bisagras de una puerta incorporea; tampoco que nuestras individualidades encontrarían una zona franca con la que trascender la especie. Pero más allá de mi opinión, las pruebas de tu arte hablan por sí solas. Los primeros trabajos perdieron sustancia porque el teatro distrajo tu figura de la eternidad. Nadie que te haya visto en el escenario pudo olvidarte. Ingenuo, el público confundió la exactitud de tu estilo con las boutades de los directores. No era así, por supuesto. Tu arte consitía en exacerbar las propuestas de quienes confiaban en vos hasta el paroxismo de lo irritante. Una escena ha quedado grabada, creo que en video (si no en nuestras retinas): vos batiendo un zapatito en el centro de un escenario inmenso durante diecisiete minutos. Mientras lo batías (el zapato era de taco y colgaba de tu empeine como una corola mustia del tallo), fumabas un cigarrillo. Yo, que en ese momento era un poco tonto, pensé que eras buena actriz porque habías logrado hacerle creer a toda esa gente que fumabas de verdad cuando en verdad odiabas el cigarrillo. La perfección del movimiento fue la clave que no vi: la austeridad precisa, el riesgo del sin sentido.
          Pero no. No quedó en video. Y justamente a esto quería referirme. Recién varios años después de que incursionaras escenarios algo pobres o directamente inexistentes, los realizadores del medio audiovisual te descubrieron. De haber nacido en Hollywood habrías sido Greta Garbo. No porque tus gestos fueran peripatéticos, que no lo eran; ni por tu afición y virtud para representar dramas en escena, que la tenías. Porque tu cara era una cara de pantalla grande. O mejor: de luz. Tu cara era lumínica. Cuando la ausencia del negro producía en vos eso que los físicos llaman color, los pintores bases y los escritores trama, vos desparramabas belleza y serenidad. Dicho en términos menos rebuscados, aún a riesgo de que me acusen por redundante: lo tuyo era arte. Tu cara lo era.
          Un día discutimos este punto. Vos consideraste que no era el protagonista de un hecho cultural quien podía decirse artista. Vanidoso, consideré que la objeción iba dirigida a mí, que escribía. "Yo soy un artista", le dije. Vos hiciste un gesto de cansancio y cambiamos de tema. Ahora me doy cuenta de que ese gesto estaba abriendo un cauce que yo no me animé a atravesar. El cauce del río del narcisimo ajeno. Pues bien, reconozco mi egotismo pero no soy necio; ahora puedo decir que también vos eras una artista. No vas a poder cuestionar este punto porque no lo dijiste vos sino otro. No creo que importe que ese otro sea yo.
          ¿Y la seda? ¿Dónde quedó la imagen de la seda? En t modo de relacionarte con los demás, lo cual afortunadamente me incluye. Una mañana lo pensé, mientras iba a mi trabajo en colectivo, la mano derecha aferrada del caño del techo, la izquierda contando las monedas para la vuelta. Me sentí repentinamente celoso por tus amigos artistas; todos los genios que conocíamos juntos siempre optaban por vos a la hora de realizar sus trabajos, como si lo mío fuese un arte menor, mero oficio, apuntes de picapedrero. Hice un esfuerzo para salirme de mí y entonces identifiqué mi resquemor con una admiración rayana en la envidia. Vos tenías talento y dulzura creadora; vos eras como un capullo de seda que únicamente se abría -se desplegaba- para quien supiera hilarlo. Lamentablemente, yo no era el chino adecuado. O al menos no lo había sido hasta aquel pensamiento iluminador. Para hacer de tu delicadeza una cosa exquisita había que dar de uno lo que de poeta hubiera; y yo era un oso cuyos manotazos sólo resultaban certeros por intuición o casualidad. Pero además, me di cuenta, nunca había podido hacerlte vibrar en mis páginas porque nunca, en el fondo, había aceptado tus códigos. Los otros sí. En vez de gastar su energía compitiendo con vos acariciaban tus íntimas tersuras. Una sola cosa tenía a mi favor, y era el tiempo. El tiempo es un aliado cuando se tiene un proyecto de amor. Podés pasarte la vida sin realizarlo nunca, pero la posibilidad siempre está ahí, en algún punto, más adelante. Yo podía vislumbrar en nosotrosa un proyecto a largo plazo, una especie de luminosidad sedosa, que en el fondo podía llegar a realizarse o no (eso era totalmente secundario), pero que indudablemente iba a convertirme alguna vez en tu faro, o cuanto menos, en materia de tus ensoñaciones. Pensé: "tengo que hacérselo saber". Y más pragmáticamente: "¡yo también tengo que poder tejer belleza con su seda!"
          No sería del todo honesto si no agregara, antes de terminar, la minúscula razón que me provocó los celos del colectivo. Un amigo fotógrafo incluyó tu rostro en un cuadro que después de ser exhibido en una galería iba a ocupar un lugar importante en las paredes casa. Cuando me lo contaste (antes de traerlo) me dio gusto por vos. También sorpresa: "Mirá cómo la miran a Guillermina". La sorpresa fue roída lentamente por la peor de las sensaciones humanas, aquella que pone en veremos hasta la más estable de las historias de amor, y que va más allá de las infidelidades. Otro, otro y no yo, iba a inmortalizarte antes que yo. Siempre he sido muy controlado con las pasiones, así que el fastidio trocó en autoconmiseración. Colgaría por cierto ese cuadrito en casa, bueno, pero que no me pidieras que lo mirase con cariño. Ni que no le pegase un tiro al autor de la foto. Al final, no hice ninguna de las dos cosas. Pero pensé mucho en el asunto. A veces hace falta que un extraño ronde el jardín para que uno cuide los rosales.


 

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