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La palabra en su agua
bullente,
profunda,
tan cierta como la piel
o la piedra
en que habrá de ser
labrada;
la palabra que descubra
(no
que cubra y se oculte
entre el
ramaje);
la palabra libre
de bronce, cobre
o latón
y sin el miedo de decir;
la palabra
sin el corset
del formalista
ni la pátina bárbara
del comediante oficial
y del falsario;
la palabra
que abra
una certeza
o un interrogante,
una calle
que lleve a un río
o a otra
calle
o a lo fraternal
o a lo aún incomprensible
(no, ni lejos,
la palabra
encapsulada;
la palabra acrocelada
o guisada,
bajo la perfección
de un preconcepto
o de un
dogma;
o la palabra
para levantar
pared de humo,
esquema de humo,
o pared de uno mismo,
ausente o caído
de uno mismo);
la palabra,
palabra
de la vida,
enhebrando,
enhebrándote,
infundiendo
nuevo aire,
nuevo polen
a la vida;
la palabra fértil,
en su hoja,
su raíz;
la palabra
entera
por donde se la mire;
la palabra
que se sepa
del mundo
y de las bocas,
las manos,
las combustiones
y los pasos ciertos
y nuestros
del mundo,
y a la vez íntima,
palpitante
y entrañable;
la palabra
para decir,
besar,
morder, fundar,
sin ningún atajo
oculto
y ninguna parte
vergonzante;
la palabra
como una rosa
de los tiempos
y las vísceras
o como una flor
de cardo
en la hora
de tormenta,
o vos mismo, desnudo
ante vos
mismo
y tu silencio
hondo,
que tantas veces
no tiene palabras
y te mira
a los ojos
como a un desconocido
que tirita
o piensa,
o bien se da la espalda,
tocado de su tiempo
bestial
y de su mundo.
Este poema en memoria de Felipe
Aldana está dedicado a Susana Valenti, a Alejandro
Schmidt y a Gladys Cepeda, poetas, en Buenos Aires, enero/
febrero de 2003.
Eduardo
Dalter
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